
Aquella tarde triste de diciembre no había mucha gente. En Madrid hacía mucho frío, y todo el mundo corría bajo la alargada sombra de sus paraguas. Andábamos por el Paseo de Recoletos y entramos casi de casualidad. Quizás en su más de cien años de historia muchos habrán sido los llamados por el mismo destino que nosotros a entrar en el Café Gijón.
Desde que abriera sus puertas en 1888, el Café Gijón de Madrid ha sido escenario de muchas tardes no tan tristes como la mía, pero sí quizás igual de bohemias. Escritores, intelectuales, cineastas, filósofos… mil y una historias que yacen a nuestros pies. Los mismos pasos que llevaron a tomar café a Cela, Galdós, Buero Vallejo o Ramón y Cajal entre otros.
Café de tertulia, café de amigos, un café abierto a finales del siglo XIX, cuando la moda de los cafés empapaba todo Madrid, casi tanto como la lluvia que seguía cayendo a través de los cristales. Fue la época en la que lo frecuentaron Ramón y Cajal, Pérez Galdós o Valle Inclán.
Fueron pasando los años y los intelectuales por sus mesas. Lorca, Celia Gámez, Jardiel Poncela… Hoy es un lugar emblemático para los amantes de la literatura. Sentarse en el Café Gijón a tomar un café es una apuesta personal que siempre había querido hacer.
Hoy en día se puede hasta comer en el Café Gijón. Hay paellas de mariscos, arroz con bogavantes, merluzas a la sidra… En verano da gusto acercarse hasta la terraza que da al mismo Paseo de Recoletos. Eso sí, al ser un lugar demasiado turístico, los precios de las comidas y el café andan un poco por las nubes. Es el gusto de comer en el mismo lugar que lo hicieran personajes tan ilustres.
Quizás con el tiempo ha cambiado bastante. No me imagino que este Café Gijón que veo ahora sea el que en su momento disfrutaran los grandes artistas que vivieron en la España de finales del XIX. Sin embargo, ¿porqué no pasar a tomar un café y degustar el sabor de lo viejo y aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor?.
Foto Vía Tripwolf