Madrid tiene iglesias, eso nadie lo puede negar, pero sus iglesias, más allá de toda significación religiosa, tienen historia y tienen arquitectura como resultado de ser construidas en la capital. Así hoy hablaremos de la Iglesia de San Ignacio de Loyola, iglesia dedicada al famoso creador de los jesuitas.
El templo fue construido sobre el solar que ocupó el antiguo Colegio de Ingleses, fundado por César Bogacio allá por 1611 y fue el tercer edificio de la Compañía de Jesús en Madrid. Tras una de sus tantas expulsiones de España, en 1767 el edificio fue adquirido por la Congregación de los naturales de Vizcaya, los cuales fueron establecidos hasta el momento en San Felipe el Real.
Éstos sometieron el templo a una profunda reforma que encargaron al arquitecto Francisco Moradillo. Así pues, a partir de 1776 ni tan sólo 10 años después de la expulsión de los jesuitas, el templo volvió a servir como lugar de culto.
A finales del siglo XIX, más concretamente en 1895, la congregación decidió derribar el templo antiguo y construir uno más nuevo, más moderno y más funcional. Las obras tan sólo duraron tres años y en el famoso año de 1898 el templo fue concluido para los nuevos inquilinos, los padres Trinitarios Descalzos.
El nuevo edificio se construyó sobre una planta de salón por los arquitectos Miguel de Olabarria y Ricardo Garcia Guereta. Su estructura era de una sola nave con tres capillas a los lados y una cabecera donde se situaba el altar mayor. En el exterior destacaba la fachada, hecha de ladrillo y decorada con los elementos clásicos tan usados en la época.
No obstante, en 1936, durante la Guerra Civil Española, el edificio fue incendiado y quedó prácticamente destruido excepto la fachada principal, la torre y los muros, es decir, su esqueleto. En 1942 fue reconstruido por Alberto de Acha, el cual alteró bastante las trazas del edificio original (sobre todo la fachada).
En fin, esta es la historia de una iglesia (por cierto, se sitúa en la calle del Príncipe 31) que es, quizás, la metáfora de los vaivenes religiosos que la ciudad a vivido durante los últimos cuatrocientos años.