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Madrid se ha convertido no en una ciudad moderna a la par con grandes urbes del mundo, sino en un punto convergente y estimulante para la modernidad. Todo lo último, lo más exótico y el más elevado estilo de vida se encuentran aquí, en una ciudad donde sin embargo los costos no se comparan con Londres, la capital más cara del mundo. No es difícil encontrarse un hotel con una lámpara usada como una escultura abstracta, o con platos en los mejores restaurantes hechos a medida de importantes obras de arte. El ingenio y la sofisticación flotan el aire.
En todos los aspectos del diseño contemporáneo, la Moda es en Madrid una rítmica explosión creativa y generadora de nuevas tendencias. Las apuestas del gusto madrileño son arriesgadas e innovadoras, ya no sólo influyen la forma de vestir del madrileño promedio, sino empieza a afectar su estilo y expectativas de vida: el ciudadano que vive en Madrid ya no sólo quiere vestir a la moda, quiere sentar precedentes. Tanto espacio estimulante afecta desde con quien y dónde se come hasta sus expectativas de vida.
El itinerario de la moda marca el tiempo del ciclo vital, así es como el visitante puede encontrarse con multi-espacios como el de Teresa Sapey, donde se puede comprar una prenda de Alianto o sentarse a beber un vino rosé. Esta originalidad amparada en lo antiguo ha sido difícil de definir, por lo que ya no se pierde el tiempo en hablar de un purismo en el estilo si no de un mestizaje.
Una muestra es el Hotel Urban en San Jerónimo, considerado el mejor en Europa. La decoración del edificio es impactante, no faltaba más, llena de esculturas egipcias, pinturas de Papúa Nueva Guinea, que terminan reafirmando las rotundas líneas arquitectónicas del hotel. Es en las tendencias donde se nota esta avidez, avidez por elegancia, avidez por espacio. El uso de materiales y combinaciones oscilantes entre lo fuera de lo común y lo minimalista (metal con plástico o pan de oro) hacen del eclecticismo en Madrid una nueva forma de respirar la vida.
Este cambio en las ultimas generaciones de madrileños hacia una insaciable búsquela creativa, hacen de cada habitante un citadino culto que sabe apreciar las diferencias étnicas, tendencia que se esparce entre una juventud tan dedicada como demandante, que no se conforma con menos.
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