El siglo XIX fue un periodo de esplendor económico y pujanza social en el País Vasco. La mastodóntica industria siderúrgica, al socaire de la tardía revolución industrial española, fue creada y desarrollada en esta época. Este formidable empuje industrial trajo consigo transformaciones tanto en el nivel de vida de los vascos y los trabajadores de otras regiones españolas que acudieron a la llamada del progreso, como en el propio entorno.
Es entonces cuando se modificó radicalmente la fisonomía de la ría de Bilbao, adaptándola a las necesidades productivas del momento, y se mejoraron las infraestructuras del puerto. Todo este crecimiento produjo sus frutos financieros. Uno de ellos fue el Banco de Bilbao.
Pronto dicho banco culminó su expansión, decidiendo abrir una sede en Madrid, en 1919. El lugar elegido fue en la calle Alcalá, esquina a la calle Sevilla. El epicentro de la nueva banca madrileña y española, y a su vez punto neurálgico de la modernidad capitalina de los años 20.
El concurso para la realización del edificio fue ganado por Ricardo Bastida, quien dio comienzo a las obras en 1919 y, tras un corto pero fructífero periodo de obras, pudo llevar a cabo la inauguración en 1923. Sin embargo, este es un momento turbulento políticamente en España y en el mundo.
A la posguerra de la Primera Guerra Mundial se añadió, en nuestro país, un periodo de huelgas y desórdenes en el ámbito social y laboral, como consecuencia del necesario reordenamiento social, producto a su vez de nuestra particular versión de la Revolución Industrial. Todos estos factores desembocaron en el golpe de estado de Primo de Rivera, que se consolidó con la correspondiente dictadura.
Bastida, bilbaino de origen, estudió arquitectura en Barcelona en un momento de eclosión de las corrientes artísticas modernistas, las cuales tuvieron especial impacto en las manifestaciones arquitectónicas. Todo ello podemos verlo sutilmente reflejado en la configuración del magnífico edificio del Banco de Bilbao.
La fachada fue concebida con una forma curva, para salvar las formas irregulares del polígono que conformaba el solar. La primera zona horizontal de asiento la forman el sótano, el bajo y el entresuelo, que culminan en un balcón corrido. Sobre él la planta principal, con una columnata de tipo clásico, que sirve de soporte a dos conjuntos escultóricos formados por cuádrigas.
Estos dos espectaculares grupos fueron realizados por Higinio de Basterra, maestro vasco, y con ellos la dirección del banco quiso transmitir dos ideas fundamentales: el triunfo (encarnado en los caballos) y la estabilidad (simbolizada por el número 4, que es el número de equinos en una cuádriga). Estos eran los mensajes subliminales del momento y el medio iconográfico a través del cuál transmitirlos a la ciudadanía.
Además de este símbolo, también puede destacarse las cuatro esculturas sedentes que nos sugieren diferentes facetas del trabajo humano, y que culminan el segundo cuerpo del edificio. Todos estos signos artísticos vienen a dejar bien claro el poder económico del País Vasco en Madrid. Un poder que se mantendría y además iría ampliando sus áreas de influencia a lo político y lo social.
Foto Vía: _Jer_