
En el límite sur del Real Jardín Botánico, al otro lado de los árboles que, como soldados en formación, sirven de parapeto y custodia a todos sus tesoros vivos, se estira, en un mudo esfuerzo, la Cuesta de Moyano. Su nombre oficial es calle de Claudio Moyano y une, bordeando el lado inferior del Jardín Botánico, el Paseo del Prado con la calle Alfonso XII.
Claudio Moyano y Samaniego fue alcalde de Valladolid y posteriormente rector de su Universidad. Más tarde fue elegido diputado por Zamora (provincia en la que nació en el año 1809) y volvió a ser rector, pero esta vez de la Universidad de Madrid. Pero por lo que es y será recordado es por el papel desempeñado como ministro, desde 1853, impulsando la ley reguladora de la enseñanza conocida como Ley Moyano.
Dicha ley fue un importante esfuerzo por mejorar la calidad de la enseñanza y la educación en una España que continuaba el lento pero inexorable descenso a los infiernos de una decadencia que había comenzado siglos atrás, con los últimos Austrias, y que ya no se detendría hasta los desastres de 1898.
Al principio de la calle, entrando en ella desde el Paseo del Prado, nos da la bienvenida don Claudio desde un pedestal en el que se le rinden honores. Es cuando observamos que a partir de aquí la calle se extiende a lo largo de una suave aunque patente cuesta arriba, que continúa hasta el final. De ahí el alias por el que la denominan habitualmente los madrileños: la Cuesta de Moyano.

A lo largo de su orilla izquierda se extienden unas 30 casetas dedicadas principalmente a la venta de libros antiguos y de ocasión, o ‘libros de lance’, como se les llamaba antiguamente. También libros nuevos y algún que otro objeto coleccionable. Esto es así desde 1925, cuando un grupo compuesto por escritores y libreros solicitó al Ayuntamiento de Madrid un lugar para instalar una feria del libro permanente. La ubicación concedida fue la Cuesta de Moyano.
Subiendo por la cuesta se hace ejercicio. Sobre todo el maravilloso ejercicio que desentumece la memoria, el recuerdo. Las selecciones del Reader’s Digest, las novelitas de bolsillo del Oeste o de ciencia ficción, los volúmenes de editoriales ya desaparecidas, cuyos nombres, al ser repetidos mentalmente, nos traen sensaciones de juventud, de niñez, de otra forma de pensar el mundo, de ideas entonces vivas y que ya han muerto. Libros de viejo que en nuestras manos desprenden la calidez y la lentitud de un mundo anterior, pretérito, artesanal.
Llegando al final de la cuesta nos avisa del final del viaje Don Pío Baroja, uno de los solicitantes de esta feria permanente, de esta cuesta en la que el tiempo se detiene, avanza o retrocede según lo determinan esos objetos mágicos que los libreros han dispuesto en sus estantes y mostradores. Una calle que se recorre como un libro, desde la primera página hasta la última. Una calle de papel biblia con encuadernación de piel grabada en oro.